José Ángel Durán

El día antes no quieres apurar las horas de sueño y atiendes al compromiso de descansar el cuerpo para estar al pie del cañón junto con la cuadrilla, intentas dormir aunque solo puedas forzar los ojos para cruzar al mundo de la ilusión. Allí el morralero va a suponer dormido lo que mañana quisiera soñar despierto.

Llegada la hora recoges la ropa que ha descansado en la silla más que tú. El olor a café te llegará entrelazado con la voz que marca las pautas del día, te colgarás el zurrón que se resiste a soltar los recuerdos de las jornadas anteriores y soltarás tu perro con sensación de estrenar el mundo. Avanzarás tras las huellas de tu padre para evitar que el barro parasite la suela de las botas. Las heladas de invierno serán culpables de que tu pijama arrope la piel bajo el atuendo de caza, y en muchas ocasiones la jornada te habrá vencido para que tengas que dormir a los pies de tu maestro en cualquier puesto de reclamo.

Un tedioso trabajo de ilusiones que en alguna ocasión podrá traducirse en despertar una mañana y comprobar que tu maestro no te ha levantado para salir a cazar para poner a prueba tu impotencia. Eso será imperdonable, ya puede espabilarse el maestro para quedarte atrás la próxima vez.

Estas sensaciones junto con el paso del tiempo y las experiencias irán tomando forma: interpretar el campo, priorizar la importancia de la conservación, de la gestión, el respeto por la caza… Se formará ahí dentro un armazón de vivencias que emergerá en un cazador responsable, ético y que debería apreciar que los regalos que el campo y los compañeros le darán como recompensa serán los más preciados.

Bendita ignorancia la juventud, que armada de un batallón de estimulantes naturales deja entrever el potencial que todos llevamos dentro. Benditos todos aquellos que luchan por darle espacio y oportunidad a los que mañana serán el motor de desarrollo del sector. Esas oportunidades debieran ser el derecho más valorado de cualquier ser, ojalá pudieran relegar a los puestos de descenso todos esos ánimos de radicalidad que empujan y oprimen continuamente la libertad contra el patrón del ciudadano ejemplar.

El aspirante es un tópico en la mayoría de los sectores, y el cinegético no iba a ser menos. Los animales, el contacto con el campo o estar cerca de algún mentor suelen ser los principales estimulantes para despertar el instinto natural que todos llevamos dentro. Bien es cierto que la era tecnológica y artificial que nos invade ha abierto una importante brecha en el acceso al conocimiento del medio natural en la corta edad. Los entornos rurales suelen facilitar en mayor medida esta vía, permiten que los jóvenes tengan la oportunidad de vivir aventuras y experiencias imprevistas para crear un lazo de unión para los restos.

La figura del morralero induce a ternura, todos le debemos cariño y respeto. Pero sobre todo tendríamos que tener la obligación moral de hacerlo sentir pleno con el campo, servirle de todo el conocimiento que esté en nuestra mano porque solo él tiene la llave para hacer de la caza un mundo mejor cuando despierte de sus ilusiones y se tope con la realidad.