Cada vez que se produce un gran incendio, multitud de organizaciones, grupos y asociaciones se lanzan a rentabilizarlo. Todos pretenden sacar tajada de la catástrofe culpando a la Administración por no hacer bien su trabajo, lanzando acusaciones indiscriminadas…pero nunca nombres, hablando de intereses bastardas, pidiendo ayudas o subvenciones y por supuesto, exonerándose ellos mismos.

En eso se ha convertido un incendio forestal, en una oportunidad de intereses bastardos para todos.

La caza, este sector blanco de la ira de muchos, no está fuera de la polémica sino todo lo contrario y hemos tenido el reciente ejemplo del incendio iniciado en la Garganta de los Infiernos y que ha afectado al Valle del Jerte y a la Vera del que rápidamente y sin prueba alguna se ha responsabilizado a la caza de forma general e incriminatoria para solaz de los detractores de la actividad cinegética.

¡Qué gran oportunidad de volver a la carga contra la caza y los cazadores!

Por otro lado, negar que se producen incendios intencionados por intereses de personas relacionadas con la caza ya sean propietarios, gestores o cazadores es absurdo y sería ponernos una venda que perjudicaría al propio sector cinegético.

El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación es hoy el competente en materia de incendios y elabora un documento analítico por decenios de los incendios forestales y sus factores asociados. En el último publicado correspondiente al decenio 2006-2015 se recogen entre otros muchos datos las causas de los incendios que reproducimos en los siguientes gráficos:

Motivaciones de incendios intencionados 2006-2015

 

 

Superficie afectada, según motivaciones de incendios intencionados 2006-2015

 

Por tanto, y según fuentes oficiales, la caza está relacionada con el 3,2% de los incendios intencionados, lo que nos tiene que servir para luchar contra estas prácticas, que pueden ocasionar un daño incalculable a las especies cinegéticas. Que a nadie se le olvide, que la primera consecuencia de la destrucción del medio vegetal durante un incendio, es la muerte directa de la fauna que lo habita, o indirectamente por la desaparición de su alimento: pastos en el caso de los cérvidos, quercineas por lo que suponen para la alimentación del jabalí o monte bajo donde ramonea la cabra. Por no citar a la caza menor que prácticamente desaparece durante mucho tiempo. Es absurdo pensar que si quemas tu coto año tras año, cada vez va ser mejor hábitat para las especies que lo pueblan, sean las que sean. De todos es sabido que un incendio es la peor noticia para un coto de caza, donde las poblaciones de animales tardarán años en volver a recuperarse.

Hay quien defiende que la prohibición de la explotación de los bosques después de un incendio es la mejor medida para evitar los mismos, como también lo sería la prohibición de cazar en estos terrenos durante años y no es descabellado, pues si no puede existir enriquecimiento, eso debería ser suficiente para disuadir al delincuente, cuestión esta que los legisladores vienen aplicando desde tiempo inmemorial como ya hizo Felipe II en 1.558, para remediar los males que los incendios causaban en Andalucía, Extremadura y Toledo, mandando que en los montes quemados no pastasen los ganados sin orden del Consejo dictando la siguiente pragmática: «Porque nos fue hecha relación, que en Andalucía y Extremura, y Reyno de Toledo y otras partes de nuestros Reynos acontece quemarse algunos montes para mas crecimiento dellos y del pasto y destas quemas resultan muchos daños, y después de quemado, como echan junto al suelo tallos frescos é tiernos, los ganados cabríos los comen luego mejor que ningún otro pasto, de que resulta, que las encinas y otros árboles no tornan á lo ser, y piérdese la bellota, y cría de los puercos: fuenos pedido, que para el remedio mandásemos que cada y quando acaeciere quemarse algún monte, dentro de cinco ó seis años no entrare en él ningún ganado so grandes penas…»

Sin embargo, vemos que prohibir no está dando los frutos deseados. En el caso de la caza, prohibir su práctica durante años en terrenos quemados, puede ser una opción como lo han hecho en otras Comunidades Autónomas. Y lo cierto es que es una medida genial para argumentarla cuando hay un incendio y se acusa a la caza, ¿para qué vamos a quemar el monte si luego no se puede cazar durante años?. El problema es que no hay una sola causa, pues esta norma en manos de un anticaza radical enfermo puede ser terrible, ya que con tal de que no se cace podría dar cerillazo a un coto, o rencillas entre vecinos o interés en quemar una zona para desplazar la caza a otra, o por negocio, para evitar competencia.

Lo más razonable sería que en vez de prohibir la caza en los terrenos quemados, se plantease por parte de la autoridad competente la elaboración de un plan técnico que pueda incluir moratorias, limitaciones, prohibiciones y acciones que tengan como fin la ordenación de los recursos cinegéticos, la recuperación de los mismo y restaurar los recursos naturales que hayan sido afectados.

Como decíamos, parece que con duras penas establecidas en el Código Penal y con prohibiciones de aprovechamiento, no se está solucionando el grave problema de los incendios. Quizás, es el momento de mirar hacia las causas que llevan a tener un gran riesgo de incendio, que no son otras, que el despoblamiento y el abandono de los usos tradicionales del campo, con una consecuente matorralización y acumulación de biomasa. Sin duda, es importante reducir el número de incendios, pero lo es aun más evitar que se extienda sin control, arrasando miles de hectáreas. Y para ello se tendría que abordar de una forma definitiva la transformación que el mundo rural necesita, para volver a una posición de rentabilidad y aprovechamiento. Aunque eso esté en la agenda política, no parece desgraciadamente prioritario.

Lo que sí parece claro y evidente es que el ideal ecologista de sacar a las personas del ecosistema para que la naturaleza se autorregule y vuelva el bosque primigenio, ha resultado absolutamente absurda, cuando el ser humano lleva miles de años interviniendo en la conformación del planeta. Por eso, hay que revisar muchas políticas de conservación, que flaco favor hacen al Medio Natural, aunque sean muy atractivas para el consumo de la sociedad urbana.

En cualquier caso y regresando a la caza y los incendios, nos encontramos ante graves acusaciones por parte de determinados colectivos, que achacan a la caza la causa de los reiterados incendios forestales que año tras año asolan la parte norte de la provincia de Cáceres. Esto no debe de continuar así, primero por la propia necesidad de conservar nuestro patrimonio natural y segundo porque criminaliza a todo un sector que lleva años evolucionando hacia un modelo de caza sostenible y en equilibrio con la naturaleza. No debería ser tan difícil averiguar qué es lo que está ocurriendo, si de verdad son intencionados y si es así, quién está detrás de estos incendios. Todos exigimos responsabilidades.

 

Manuel Gallardo, vicepresidente de FEDEXCAZA