Manuel Gallardo. Vicepresidente de la Federación Extremeña de Caza

Sí, me parece bien que haya personas que elijan no comer carne por sensibilidad hacia los animales, creyendo erróneamente que por hacerlo ahorrarán sufrimiento y muerte de los seres vivos,  preferentemente vertebrados. Y digo erróneamente porque la vida y la muerte están unidas. El desarrollo de la humanidad y su propia supervivencia han intervenido inevitablemente en nuestro mundo y en todos sus habitantes. Consumir solamente productos vegetales no ayuda a que no mueran animales, más bien todo lo contrario, eso sí los perritos y gatitos estarán a salvo, que por cierto nadie se los come en nuestro entorno. A nadie se le escapa que hay mucha más vida y biodiversidad en una dehesa que en un arrozal. Centenares de especies están amenazadas por la agricultura, que lógicamente intenta ser productiva, y no digamos si todo el planeta fuese una inmensa plantación de cereales. Es duro decírselo al idealista, pero para que la especie humana pueda vivir, muchos individuos de múltiples especies deben morir. Puedes seguir negándote a comer carne, pero los vegetales continuaran produciéndose a costa de miles y miles de animales muertos.

Ser vegano es sin duda una elección personal que debe ser respetada, siempre y cuando ellos respeten igualmente la opción contraria, que en más de un caso no ocurre. No sé qué perra les ha dado para que todos tengamos que hacer lo que ellos quieren y es que cuando una forma de entender la vida se convierte en dogma de fe, la razón tiene muy poco recorrido. Además de la parte filosófica, no se debería insistir en convertirnos al veganismo, porque ser vegano tiene riesgos para la salud que libremente han de ser aceptados. Los últimos miles de años de evolución, han dado como resultado a un  ser humano que, por suerte o por desgracia, no está diseñado para comer solo vegetales, que por otra parte, mal que les pese a algunos, también son seres vivos que se relacionan, se comunican, según algunos estudios, de diversas maneras e incluso se defienden con diferentes mecanismos, venenosos, urticantes o punzantes entre otros. Lo único que no pueden hacer los pobres e indefensos vegetales, es huir del huerto cuando vamos a cogerlos, cosa que curiosamente sí puede hacer un conejo, por ejemplo. las dietas veganas pueden acarrear serios problemas físicos por carencias nutricionales que deben suplirse con complementos dietéticos aportando por ejemplo vitamina B12, vitamina D, calcio, ácidos grasos omega-3. Y es que, a fuer de reiterativo, el ser humano no está diseñado para comer solo vegetales, que por algo será.

Claro, que obviamente el veganismo no es lo mismo que el animalismo. El animalista no corre ningún riesgo, sentado plácidamente en su sillón, rodeado de sus mascotas protegidas por las leyes, con las que todos estamos de acuerdo, se siente ofendido porque exista la caza o la pesca o la tauromaquia. Sin embargo, muchos de ellos practican el especismo; término acuñado por Richard D. Ryder y definido como la asignación de diferente valía o consideración a los seres vivos según su especie (Wikipedia). No creo, que ningún animalista dude en matar a los bichos que puedan poblar las cabezas de sus retoños, o a las cucarachas que recorran felices sus cocinas, animales en ambos casos. Y tengo la impresión, que tampoco le harán ascos a degustar, que no comer,  un estupendo filete de inocente ternera recién muerta o un pollo tomatero de lineal de supermercado, también animales claro. El animalismo, pienso, que debe ser gratificante pero muy duro… muy duro no. Y que será más fácil, mucho más, que irse de misionero a Somalia, colaborar en el justo reparto de la riqueza, pagar impuestos o luchar por el bienestar de las personas, que sí que estamos necesitados de que alguien no eche una manita.

Ser ecologista está genial, curiosamente si nos lo preguntan a cualquiera de nosotros todos decimos que sí, es más, creo que no se ha inventado el antónimo de ecologista. Ser vegano o vegana es, cuando menos, sacrificado. Pero ser animalista… no acabo de cogerle el punto. Al burro viejo, poco verde.