Sábado veinticuatro de noviembre del 2012, montería en mesas de Ibor. La mancha-el cabezo-. Amanece el día grisáceo, con nubes que amenazan nuestras ilusiones, mañana fresca, monteros expectantes.

Sorteo que va fluyendo con normalidad, cafés, migas y chupitos de hierbas, armadas que parten camino de la mancha. Primero los cierres que no airean, después los que si lo hacen y, por último, las traviesas.

Ruido de coches y monteros que invaden los dominios de lo venatorio  en busca de las posturas en las traviesas centrales. Primeros tiros sin soltar siquiera,¡¡ esto promete!! , bichos que buscan vaciarse hacia los cierres, ignorantes de lo que les espera. Camiones y furgonetas ruedan por los caminos, ladridos y gimoteos inconsolables de perros ansiosos por que les den suelta y, de esa forma, poder hacer lo que mejor saben hacer: cazar.

Suelta de rehalas, perros que centellean, nariz al viento, patas que con movimientos  fulgurantes llevan a los canes a las reses, latir de perros que resuenan con la voz del que sabe que lleva caza por delante, tiroteo incesante, ladras eternas.

No cabe anhelo en el corazón de los monteros, la caza les atropella, guarros grandes y chicos, venados escandalosamente poderosos y bien armados (dos se colgó Francisco Román), no lucen cuernos estos venados, son taramones que adornan sus cabezas. Un bronce se abatió que pareciese esculpido por Leonardo.

Mi armada es “la caña de la jaca” y, desde esa posición privilegiada oigo con rotunda claridad las detonaciones de la armada de la “pasailla”. ¡¡Santa madre de Dios y el amor hermoso!!, qué alegría para un corazón montaraz. En la “pasailla” un muchacho de diecinueve años mato el guarro de la montería. Un guarro que otros tardan diecinueve años en matar. Su nombre es Álvaro Fernández, montero joven de vieja escuela.

La montería toca a su fin, y el alma de los participantes no quiere que termine semejante homenaje a la montería. Las emociones vividas, la intensidad, el volumen de caza por centímetro cuadrado, el espectáculo vivido, sentido y gozado tardarán años en repetirse. Con orgullo muchos monteros dirán dentro de una década: “Yo estuve ese día y….”.

Hora de recoger, espectáculo cinegético de vernácula singularidad. Esto es la montería tradicional, que se da, además, en una finca abierta. Estos es la grandeza de la montería  Extremeña en su plenitud y pureza absoluta.

Verdad empírica para monteros, perreros, perros y la caza. Pasiones desatadas con el sentir más ancestral del ser humano: hombre y monte fundidos en una sola pieza en el crisol de la vida y la muerte.

El resultado- 42 cochinos, 11 venados y 25 ciervas. Podría parecer una pedantería pero, y, asumiendo el riesgo, afirmo que: “Casi ninguna sociedad en toda la zona, hace siquiera sombra, a la de Mesas de Ibor.

La montería fue un no parar de los que enardecen el corazón de perreros y monteros. Montería de las que hacen afición, de las que justifica cualquier sacrificio. Me pareció incluso en mi paroxismo,  ver una nube con la imagen de San Humberto sin perder ni ripio de cada lance que se daba en semejante acontecimiento cinegético.