La Caza se puede definir como aquella “práctica físico-deportivo que se realiza en plena naturaleza de manera individual o colectiva que constituye una forma de vida, la cual contribuye al bienestar de las personas que la practican cuyo objetivo es buscar, esperar, perseguir o seguir especies cinegéticas autorizadas por las administraciones correspondientes, las cuales se podrán escapar, cobrar o matar” (Gamonales y León, 2014). Por lo tanto, conlleva por un lado, disponer de unas condiciones físicas, técnicas (gestos y posturas para disparar o forma de andar), tácticas (métodos y estrategias para aproximarse, de abatimientos, para levantar las piezas,…) y psíquicas adecuadas; y por otra parte, minimizar al máximo los riesgos para las personas que la practican y para terceros.

En la caza, como en el resto de manifestaciones deportivas, se suelen producir lesiones. Entendiéndose por lesión aquella patología que ocurren durante la práctica de un deporte o durante el ejercicio físico (Instituto Nacional de Artritis y Enfermedades Musculoesquelética y de la Piel, 2009). Algunas lesiones ocurren accidentalmente, sin embargo, otras lesiones pueden tener su origen en múltiples y variadas posibilidades, como puede ser una inadecuada condición física, malas prácticas de entrenamiento, nutrición insuficiente (o deficiente), técnica, equipamiento inadecuado, fatiga, climatología, sobrepeso corporal, falta de atención y concentración, factores anatómicos e imprudencias (Pérez, 2010). Según Rosas (2011) las principales lesiones que podrá sufrir un deportista, según el tejido afectado, son:

– cutáneas (producción de heridas y hematoma)

– musculares (rotura de fibras o distensiones)

– tendinosas (tendinopatías de inserción)

– inflamación de los puntos de inserción de grupos musculares (hombro del

cazador, rodilla de saltador, etc.)

– ligamentosas (con distensiones y rupturas totales o parciales)

– vasculares (asociadas a traumatismos o heridas)

– nerviosas

– articulares y óseas (que se traducen en fracturas).

Además, a todas ellas, hay que añadirles las que pueda originar un disparo fortuito, quemadura (acompañada o no de rotura de huesos) del tejido por el propio impacto de la munición o bala en el cuerpo humano, o la propia muerte del cazador. La mejor manera de prevenir y evitar las lesiones es con la práctica físico-deportiva realizándose de forma saludable.

Por lo tanto y para concluir, afirmar que la práctica continuada y moderada actividad física-deportiva no implicará directamente un mayor rendimiento a la hora de capturar más piezas, pero sí se puede aseverar, que contribuirá a mejorar la salud y bienestar de los cazadores y a soportar sus Jornadas de Caza de manera Más Satisfactoria, Eficaz, Saludable y Feliz, reduciendo en muchas ocasiones las lesiones que se pueden producir durante la práctica cinegética.

Gamonales, J. y León, K.
Facultad de Ciencias del Deporte (Cáceres)

Referencias bibliográficas.

Gamonales, J. y León, K. (2014). La caza en España. Las capacidades físicas del cazador. Universidad de Extremadura. Cáceres. 1: 26.

Pérez, J. (2010). Lesiones en el Deporte. Revista Cubana de Medicina del Deporte.

Rosas, M. (2011). Lesiones deportivas. Clínica y tratamiento. 30 (3): 36-42.